Jóvenes a la espera

El día tiene la palidez de una foto velada cuando los tres amigos dejan atrás una gasolinera y un hotel que ofrece habitaciones sin baño a 29 euros, un aparcamiento polvoriento y un McDonald’s, y comienzan a caminar en fila india por el arcén de un carril paralelo a la autovía. Se oyen los coches como perdigonazos y un tren de cercanías zumba a las 11.59 de un martes de febrero. Bolsas y botellas en descomposición ribetean la estrecha lengua de asfalto; ellos charlan y los vehículos los esquivan. Desembocan en una rotonda rodeada de tierra en carne viva. Hay obras a medias y un enorme bloque de viviendas, lustroso y con vistas a la autopista. Abandonan el asfalto y atraviesan un túnel con las paredes cubiertas de grafitis. Imprimen sus huellas en el barro y al otro lado encuentran un lago de aguas estancadas y juncos cetrinos en la orilla. Un ave solitaria levanta el vuelo. Del lago surgen hileras de pilares de hormigón que sostienen el nudo de carreteras sobre sus cabezas. En la orilla opuesta sobrevive un edificio recubierto de escamas de colorines, un centro comercial llamado Opción que solía iluminar con chorros de luz el cielo nocturno de la periferia. Hoy es un espectro cerrado. El ave arranca otro vuelo y los tres amigos suben una cuesta de tierra; al fondo empieza a asomar el verde y blanco de la primera gran nave comercial del polígono, la macroferretería Leroy Merlín. Al pasar a su lado, discuten si es mejor hacer el recorrido “de abajo arriba” o “de arriba abajo” y optan por esto último. Así que pasan de largo Ikea, pero ahí arranca un debate sobre si el perrito que piensan comer al acabar su jornada cuesta un euro o solo 50 céntimos y el euro lo pagas cuando el perrito lleva cebolla caramelizada –“con Coca-Cola es euro y medio, eso seguro”, dice uno–. Rebasan pasos de cebra y restaurantes de chapa y aceras con el firme agrietado, hasta que llegan a Worten, un centro de electrónica de consumo cuyo eslogan es “Aquí tu dinero vale más”. Entonces abren sus mochilas, sacan el taco de hojas con sus currículos, se abren las puertas mecánicas y cruzan el umbral en busca de un empleo. >>

Reunión de tipos duros

Por fuera parece una nave industrial cualquiera, abandonada en medio de una calle polvorienta de un pueblo a 50 kilómetros de Madrid. Quizá un espectro de la crisis, levantado junto a un arroyo seco. El edificio se encuentra rodeado por camiones del equipo de rodaje, carpas de plástico y un par de baños portátiles. En la entrada hay un tipo con walkie-talkie sudando bajo el sol inclemente de junio. Un par de voluntarios del SAMUR se refugian en una sombra escuálida. Al otro lado de la puerta, cuesta unos segundos acostumbrar la vista a la oscuridad del set. Se percibe un ring en el centro de la estancia. Sacos de boxeo con el cuero curtido colgados aquí y allá. Máquinas de musculación. Sobre unas escaleras alguien ha pintado: “Gymnasio Peyro”. Un tipo negro y con la cabeza afeitada, cuyo cráneo brilla como una bola de billar, se mueve de un lado a otro con un pitillo entre los dedos, silba melodías inconexas, aplaude y agita los brazos, y da órdenes incomprensibles a una treintena de blancos: “Fede, querido del alma, creo que necesitamos ahí detrás de rasquis al chuster [sic]”. Bebe Coca-Cola Light. Y cuando todo parece quedar atado, se sienta detrás de unos monitores en una silla plegable de tela y madera en cuyo respaldo se ha impreso la palabra “Zannou”, se coloca unos auricu­lares, da un sorbito de la lata y dice: “¡Acción!”. >>

Jerez. Economía de guerra (English)

Jerez, in the southern region of Andalusia, can be viewed as an illustration of all that has gone wrong with Spain over the last two decades: rapid growth based on seemingly limitless borrowing, which has produced a glut of houses and office space that nobody wants. Three years ago the bubble burst, and the local authority has been left with no money. That means it is unable even to pay its utility bills or the cleaning staff in its schools. >>

El fotógrafo al que los famosos le abren las puertas

Todd Selby se bajó del asiento trasero de un Mercedes en una de las callejuelas madrileñas que cuelgan del parque del Retiro, miró a su alrededor con gesto contrariado y según se aproximaba a la entrada de un edificio de aspecto noble dijo: “Tengo la sensación de que ya he estado aquí”. Al artista radicado en Nueva York le bailaban sus gafas de montura color miel, tenía un brillo de curiosidad en los ojos azul eléctrico y cargaba con una maleta de Louis Vuitton con su nombre bordado y un bolsón forrado con una tela de gatitos. Primero pensó que el jet lag le había nublado el sentido. Solo había viajado una vez antes a Madrid, un vuelo fugaz hace tiempo, por un encargo de Ikea; cierto que la sesión tuvo lugar en un hogar del centro, pero sería demasiada coincidencia repetir localización. >>

De la pública a la privada y al revés

Manuel Marín Ferrer fue entre 2000 y 2007 el hombre de la Generalitat valenciana en el departamento de Salud de la comarca de La Ribera, de gestión privada. Durante este tiempo ocupó el cargo de comisionado. Su trabajo consistía en supervisar desde la Administración a la empresa privada adjudicataria de la atención sanitaria: Ribera Salud UTE. En septiembre de 2007 esa misma operadora sanitaria le fichó para ocupar el cargo de mayor responsabilidad: la dirección del departamento de Salud. Y pasó, sin etapas intermedias, de vigilar a la empresa desde su puesto de la Administración pública sanitaria a estar en nómina de la compañía. >>

Los gigantes de la sanidad privada

El grupo Capio Sanidad facturó en 2011 algo más de 673 millones de euros. En torno al 75% de esa cifra salió de las arcas públicas. Más 500 millones procedentes de conciertos, concesiones y convenios con las administraciones, lo que le convierte en el principal proveedor privado de servicios sanitarios públicos en España. Un gestor cuyo margen de beneficio operativo suele andar entre el 15% y el 20%. Ribera Salud, por su parte, facturó el mismo año 385 millones. Todos los ingresos proceden de contratos con las comunidades de Madrid y Valencia, donde, de momento, concentra su negocio. >>

Así viaja todo

El capitán ha dormido poco. Fuma mirando a estribor desde lo alto del puente. Expulsa una bocanada y el humo se pierde en la noche. No le gustan los barcos nuevos, murmura. Ni los buques demasiado grandes. Y en estos momentos, si uno palpa la barandilla, siente un motor de 93.000 caballos al ralentí. Su vibración recorre como un ejército de hormigas este cascarón de acero botado hace apenas un mes. Nos encontramos a bordo de uno de los buques portacontenedores más grandes del mundo, el Hanjin America, con 366 metros de eslora, 48 de manga y capacidad para 13.100 cajas metálicas de 20 pies (TEU, por sus siglas en inglés, la medida estándar en el mundillo; seis metros de largo por 2,3 metros de ancho y alto). Cargado, su peso supera las 180.000 toneladas. Un acorazado cuyo aspecto, desde el muelle, recuerda a una escultura de Richard Serra. Lisa, oscura, inabordable. Para alcanzar la cubierta desde la dársena hay que trepar un centenar de peldaños por unas escaleritas acopladas a un costado. Aunque de las proporciones elefantiásicas empezamos a ser conscientes algo antes, mientras se llevaba a cabo la carga y descarga en el puerto de Algeciras (Cádiz). Previamente al embarque, nos dejaron subir a la cabina de una de las grúas, un huevo acristalado suspendido a 45 metros de altura, desde donde el gruista manejaba una garra amarilla sobre la panza del America. “Sujetaos”, nos dijo el tipo con el cinturón abrochado. Dirigía la operación mirando entre sus pies una caída de vértigo, con un joystick en cada mano. El ritmo óptimo de trabajo, nos contó, rondaba los 40 contenedores por hora. Su productividad aparece al instante en una gráfica en las pantallas de la torre de control. Los estibadores sienten esa presión en el cogote. Cuanto antes zarpe el barco, mejor. Por eso, el orden de carga y descarga se planifica al detalle; del primer contenedor al último, como si se tratara de un guion para resolver un cubo de Rubik. Se pagan millonadas por programadores con talento para la logística. “Cada minuto de atraque supone dinero. Navegar, en cambio, es casi gratis”, nos había avisado Fernando González-Laxe, expresidente de Puertos del Estado. >>

Teresa Perales, la sirena paralímpica

Son las once de la mañana en una calle del centro de Zaragoza y Teresa Perales surge como una figura menuda al fondo, sentada en una silla de ruedas, a las puertas del edificio de Radio Nacional de España. Acaba de concluir una entrevista. La segunda del día. Al acercarse a ella, uno no puede evitar posar los ojos en la enorme sonrisa, un imán ante cualquier mirada, el polo magnético de su rostro. Nos lo habían avisado: el optimismo y la vitalidad de esta mujer son contagiosos. Ocurre desde el primer vistazo. Alza la barbilla para dar dos besos. Lleva una visible capa de maquillaje, recuerdo de la primera entrevista de la mañana en la televisión aragonesa, y una pincelada púrpura sobre los ojos, grandes y almendrados como el cuerpo de un pez sin cola. Bajo la camisa de flores se intuye un tronco robusto y una espalda bien armada, en contraste con las piernas delgadísimas e inmóviles, coronadas, en la punta, por unas bailarinas con tachuelas y lentejuelas. >>

Negocio y espectáculo en la cima

LeBron James mide 2,03 metros, pesa 114 kilos y la musculatura de sus brazos recuerda a una cordillera volcánica. Su cabeza parece un pequeño globo enganchado a una viga y su rostro posee el aire amenazante de un gran simio antes de la batalla, con el belfo prominente, la mirada oscura y una perilla en la que se podría encender un paquete de cerillas. Para quienes no lo sepan o no lo hayan intuido por las imágenes, este estadounidense de 27 años juega al baloncesto, pero no en el sentido en que usted o yo podemos hacerlo. LeBron James posee la capacidad de destrozar lo que encuentre a su paso en su trayectoria hacia la canasta, igual que lo haría un tren en marcha. Los analistas de la NBA –Magic Johnson, por usar un ejemplo de renombre– suelen decir que se trata de un jugador “dominante”, adjetivo reservado a los iconos como Michael Jordan o el propio Magic, lo cual equivale a decir que se trata del macho alfa de la manada, el gorila que se golpea el pecho con los puños y al que le basta ese gesto para que el resto baje la mirada. Es, digamos, el hombre que dirige la orquesta. El tipo al que pasarías la bola para meter la última canasta. Siguiendo la jerga americana, LeBron “domina” la pista, “domina” su equipo y ha empezado a “dominar” una época de la Liga más competitiva del mundo, la NBA. Lo que aún no sabíamos es que también “domina” el cara a cara. Solo su presencia física produce cierto efecto en la garganta similar al de un hueso de aceituna atragantado. >>

La ‘omertà’ de Plasenzuela

Una cabra oscura acaba de parir bajo techo. Tiene las ubres hinchadas, se desgañita, aún le queda otra cría dentro. Fuera de la nave, el sol cae como aceite hirviendo sobre esta colina amarillenta y cegadora de Extremadura. Para enfocar la vista hay que arrugar los ojos. El ganado cabecea contra el suelo de forma mecánica. Los rumiantes se asustan con la presencia humana, huyen a una esquina de su redil. Un cabritillo pardo como un grano de café baila entre las patas de su madre. “Nació ayer”, dice el cabrero señalándolo. El sombrero de paja ensombrece su rostro tosco, como el de un Tom Hanks crecido en el entorno de Monfragüe. Pequeños ojos azules, cara tostada y redonda, panza de buen comer. Lleva restos de alfalfa en la camiseta y un siete en el pantalón le deja un pedazo del muslo al aire. Este hombre de 47 años, Adrián González, con mujer y tres hijos, fue alcalde de Plasenzuela (Cáceres) hasta hace una semana. Se ve el municipio ahí abajo, encajonado entre dehesas pajizas. Muros blancos y tejas, poco más de 500 habitantes. Su deuda supera los cuatro millones de euros, según consta en los documentos oficiales del Ayuntamiento. Sale a unos 8.000 euros por cabeza. >>