La noche más larga del último bandolero

Cuando Miguel Mérida desapareció el 2 de febrero de 1994, su hermano, que trabajaba con él en el cortijo de Villares, en la vertiente cordobesa del río Guadajoz, dijo a la Guardia Civil: “Mirad, sus zapatillas para cruzar el río están en esta orilla. Miguel se ha quedado en Córdoba, no ha cruzado a Jaén”. Mérida fue a trabajar aquel miércoles y se esfumó. Dejó su cartera, su gorro y su moto junto a unas ramas de olivo. Le quedaba una semana para marcharse a Palma de Mallorca, donde trabajaba en temporada alta de ayudante de cocina en un hotel. En invierno volvía a su tierra a recoger la aceituna. No era un muerto de hambre. Ni un loco. Sólo un tipo tímido y retraído. La policía buscó en sus cuentas bancarias deudas o movimientos raros. Habló con sus compañeros de viaje a Mallorca, con sus amigos y familia. Nada. Sus hermanos, Fernando y Consolación, acudieron el 1 de marzo al programa Quién sabe dónde, de Televisión Española, sin resultado.

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2 comentarios ↓

#1 Pablo Gavilán el 15.12.08 a las 16:39

Simplemente genial. Muy buena historia y bien contada. Con un rastro de esperanza al final y todo…

#2 M Linares Cruz el 03.01.09 a las 6:27

Querido Abril,

el bandolero llegó hasta México bien cobijado. Era un domingo con sol de invierno, en una revista que el periodiquero -si, el hombre del kiosco- me entrega puntual cada fin de semana. Bandolero que se asoma para recordar los recuerdos y los siguientes pasos… avanti 2009.

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