Era una de esas mañanas de mayo de 2000 en que un tipo corriente de Ávila se levanta con varias citas. Bancos, inversores, entidades de crédito. Nuestro abulense, llamémosle Jesús, lleva un año dándole vueltas a una idea en la que ha metido sus ahorros y a otras cuatro personas con fe ciega en el asunto. Necesita financiación. Unos seis millones de euros. Y mientras piensa en su próxima cita bancaria, en cómo doblma cita bancaria, en cómo doblegar ese rostro rígido que tendrá enfrente para que no apriete los labios y diga “no” con un gesto despectivo, hojea las páginas de un diario económico. Y lee: “La quiebra de Boo.com desata la alarma entre las empresas de Internet”. Ouch. Las puntocom en el precipicio. Boo.com había dilapidado 160 millones de dólares en seis meses. Hay que ser un necio o un idealista para enfundarse el traje esa misma mañana e ir a explicar a un posible inversor que un portal inmobiliario en Internet es una empresa rentable, con futuro, sólida. >>>
Los amos de Internet en España
30 Septiembre 2009 | Artículos y reportajes
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