Benavente, mediodía de junio. Carlos Rodríguez, un policía corpulento como un oso, almuerza en un restaurante de la ciudad zamorana, cuando algo le llama la atención en la mesa de al lado: dos tipos comienzan a intercambiarse terminales de teléfono móvil y tarjetas. Una cantidad considerable. Propia de quien pretende evadir las escuchas. Rodríguez, un inspector jefe curtido en la cuna del narcotráfico gallego, conoce las reglas del juego. En Benavente, ciertas cosas no suceden por casualidad. A medio camino entre los transportistas gallegos y los delegados colombianos radicados en Madrid, fue, por ejemplo, el lugar elegido por El Enano para encontrarse con los encargados de importar la droga. Cuando todo comenzaba a torcerse. Para deslindar responsabilidades. Un asador de leña al borde de la carretera. El inspector jefe Rodríguez ata cabos y llama a uno de sus hombres del grupo dos. Le dice que monte un operativo de seguimiento, y que vuele a Benavente. Dos vehículos de alta gama salen zumbando de la central de Pontevedra. En algún punto de la A-52 adelantan a una patrulla de la Guardia Civil, cuyos agentes los miran atónitos. El copiloto del BMW que encabeza el operativo hace un gesto a los compañeros de Tráfico: se posa dos dedos en el hombro, indicando galones. Y marca el camino hacia Benavente con la palma abierta. Cuestión de jerarquía, viene a decir. El jefe del Grupo gallego de Respuesta Especial contra el Crimen Organizado (GRECO) manda. Y tiene prisa. Acaba de comenzar a escribirse la primera página de unas diligencias previas que aún no tienen nombre. >>
La brigada de ‘la triple i’
6 septiembre 2011 | Artículos y reportajes
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