La ‘omertà’ de Plasenzuela

Una cabra oscura acaba de parir bajo techo. Tiene las ubres hinchadas, se desgañita, aún le queda otra cría dentro. Fuera de la nave, el sol cae como aceite hirviendo sobre esta colina amarillenta y cegadora de Extremadura. Para enfocar la vista hay que arrugar los ojos. El ganado cabecea contra el suelo de forma mecánica. Los rumiantes se asustan con la presencia humana, huyen a una esquina de su redil. Un cabritillo pardo como un grano de café baila entre las patas de su madre. “Nació ayer”, dice el cabrero señalándolo. El sombrero de paja ensombrece su rostro tosco, como el de un Tom Hanks crecido en el entorno de Monfragüe. Pequeños ojos azules, cara tostada y redonda, panza de buen comer. Lleva restos de alfalfa en la camiseta y un siete en el pantalón le deja un pedazo del muslo al aire. Este hombre de 47 años, Adrián González, con mujer y tres hijos, fue alcalde de Plasenzuela (Cáceres) hasta hace una semana. Se ve el municipio ahí abajo, encajonado entre dehesas pajizas. Muros blancos y tejas, poco más de 500 habitantes. Su deuda supera los cuatro millones de euros, según consta en los documentos oficiales del Ayuntamiento. Sale a unos 8.000 euros por cabeza. >>