Negocio y espectáculo en la cima

LeBron James mide 2,03 metros, pesa 114 kilos y la musculatura de sus brazos recuerda a una cordillera volcánica. Su cabeza parece un pequeño globo enganchado a una viga y su rostro posee el aire amenazante de un gran simio antes de la batalla, con el belfo prominente, la mirada oscura y una perilla en la que se podría encender un paquete de cerillas. Para quienes no lo sepan o no lo hayan intuido por las imágenes, este estadounidense de 27 años juega al baloncesto, pero no en el sentido en que usted o yo podemos hacerlo. LeBron James posee la capacidad de destrozar lo que encuentre a su paso en su trayectoria hacia la canasta, igual que lo haría un tren en marcha. Los analistas de la NBA –Magic Johnson, por usar un ejemplo de renombre– suelen decir que se trata de un jugador “dominante”, adjetivo reservado a los iconos como Michael Jordan o el propio Magic, lo cual equivale a decir que se trata del macho alfa de la manada, el gorila que se golpea el pecho con los puños y al que le basta ese gesto para que el resto baje la mirada. Es, digamos, el hombre que dirige la orquesta. El tipo al que pasarías la bola para meter la última canasta. Siguiendo la jerga americana, LeBron “domina” la pista, “domina” su equipo y ha empezado a “dominar” una época de la Liga más competitiva del mundo, la NBA. Lo que aún no sabíamos es que también “domina” el cara a cara. Solo su presencia física produce cierto efecto en la garganta similar al de un hueso de aceituna atragantado. >>