Reunión de tipos duros

Por fuera parece una nave industrial cualquiera, abandonada en medio de una calle polvorienta de un pueblo a 50 kilómetros de Madrid. Quizá un espectro de la crisis, levantado junto a un arroyo seco. El edificio se encuentra rodeado por camiones del equipo de rodaje, carpas de plástico y un par de baños portátiles. En la entrada hay un tipo con walkie-talkie sudando bajo el sol inclemente de junio. Un par de voluntarios del SAMUR se refugian en una sombra escuálida. Al otro lado de la puerta, cuesta unos segundos acostumbrar la vista a la oscuridad del set. Se percibe un ring en el centro de la estancia. Sacos de boxeo con el cuero curtido colgados aquí y allá. Máquinas de musculación. Sobre unas escaleras alguien ha pintado: “Gymnasio Peyro”. Un tipo negro y con la cabeza afeitada, cuyo cráneo brilla como una bola de billar, se mueve de un lado a otro con un pitillo entre los dedos, silba melodías inconexas, aplaude y agita los brazos, y da órdenes incomprensibles a una treintena de blancos: “Fede, querido del alma, creo que necesitamos ahí detrás de rasquis al chuster [sic]”. Bebe Coca-Cola Light. Y cuando todo parece quedar atado, se sienta detrás de unos monitores en una silla plegable de tela y madera en cuyo respaldo se ha impreso la palabra “Zannou”, se coloca unos auricu­lares, da un sorbito de la lata y dice: “¡Acción!”. >>