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	<title>Guillermo Abril &#187; Madrid km 0</title>
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		<title>Km 1,3: la cancha</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Mar 2009 08:50:18 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Las rejas y el sol cayéndole de medio lado le dan un aire carcelario a las canchas. La única puerta se encuentra a poniente, así que cuando entra la pareja de policías uniformados los chavales fruncen el ceño y achican los ojos. El golpe de los balones contra el suelo se detiene un instante y ya sólo se oye el zumbido de sus radiofrecuencias. Un niño de tez oscura me mira como si yo tuviera algo que ver con ellos, porque también voy abrigado y también me encuentro a la puerta. Le devuelvo el vistazo con aire resignado, como diciéndole: “A mí que me cuentas yo sólo he venido a echar unas canastas”.</p>
<p>No sé si los policías buscan un rastro droga, la huella de un crimen o si lo que quieren es dejarse ver. Rodean el patíbulo y su sombra es espigada. Si fuesen un poco más listos pondrían orden en la pista. <strong>Manuel Osuna,</strong> el <em>alcalde</em> del barrio, me contaba el otro día mientras chupaba uno de sus Ducados en su despacho de la calle Lavapiés, que un equipo femenino de fútbol solía entrenar aquí los lunes, pero, como eran chicas y futbolistas, su balón siempre acababa encontrando algún pie cargado de testosterona que lo cruzaba al parque. Así funciona el rey de la pista en las canchas de <strong>Casino de la Reina</strong>. Ahora el equipo de mujeres entrena en un instituto, pagando. Y Osuna, otra chupada de humo blanco, ha pedido a <strong>Ruiz-Gallardón</strong> dos monitores deportivos para reglar el tráfico de la pista central de Embajadores.</p>
<p>Cuando los agentes terminan la ronda ni siquiera se han enterado de si los chavales africanos y latinos saben golpear un balón. Aquí todo el mundo se ha quedado quieto, con la gota de sudor al borde de la cara y los brazos brillando al sol oblicuo. Cruzan de nuevo la puerta, hablando del negocio de un familiar. “Que no va bien, que no”, dicen y pasan a mi lado. Su sombra lenta, torpe y arrastrada tarda aún unos segundos en abandonar las canchas. Yo aprovecho para buscar con los ojos al chico de tez oscura y decirle con un gesto: “Ves como no tengo nada que ver con ellos”. Pero ya ha echado a rodar el balón que llevaba debajo del brazo y corre lejos detrás de él.  Se vuelve a oír el roce de las zapatillas contra el asfalto.</p>
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