La brigada de ‘la triple i’

Benavente, mediodía de junio. Carlos Rodríguez, un policía corpulento como un oso, almuerza en un restaurante de la ciudad zamorana, cuando algo le llama la atención en la mesa de al lado: dos tipos comienzan a intercambiarse terminales de teléfono móvil y tarjetas. Una cantidad considerable. Propia de quien pretende evadir las escuchas. Rodríguez, un inspector jefe curtido en la cuna del narcotráfico gallego, conoce las reglas del juego. En Benavente, ciertas cosas no suceden por casualidad. A medio camino entre los transportistas gallegos y los delegados colombianos radicados en Madrid, fue, por ejemplo, el lugar elegido por El Enano para encontrarse con los encargados de importar la droga. Cuando todo comenzaba a torcerse. Para deslindar responsabilidades. Un asador de leña al borde de la carretera. El inspector jefe Rodríguez ata cabos y llama a uno de sus hombres del grupo dos. Le dice que monte un operativo de seguimiento, y que vuele a Benavente. Dos vehículos de alta gama salen zumbando de la central de Pontevedra. En algún punto de la A-52 adelantan a una patrulla de la Guardia Civil, cuyos agentes los miran atónitos. El copiloto del BMW que encabeza el operativo hace un gesto a los compañeros de Tráfico: se posa dos dedos en el hombro, indicando galones. Y marca el camino hacia Benavente con la palma abierta. Cuestión de jerarquía, viene a decir. El jefe del Grupo gallego de Respuesta Especial contra el Crimen Organizado (GRECO) manda. Y tiene prisa. Acaba de comenzar a escribirse la primera página de unas diligencias previas que aún no tienen nombre. >>

“Un asunto de patos”

-¿Tengo el gusto de hablar con el señor David?

-¿Quién es?

-Ahora llegamos a eso. Dame una chance para hablar un poquito. Hace dos o tres meses estuve en una reunión con gente vuestra para un tal asunto de unos patos que…

“SE CORTA (aparentemente, David cuelga al escuchar eso)”.

“¡Unos patos! ¡Lo quieren meter en la cárcel por unos patos!”. El abogado de David Temes tiene todas las conversaciones de su cliente anotadas con rotulador rojo: “¿Cómo saben esto?”, “¿De dónde salió este número de teléfono?” y otras dudas que apunta en los márgenes del relato policial. Su cliente está acusado de pertenecer a una organización que intentó introducir tres toneladas de cocaína. Droga envuelta en unos fardos. Cada paquete llevaba una imagen para identificarlos: una pegatina con un Pato Donald. >>

“Toca que haya muertos”

El Enano no desembarcó en Madrid para hacer turismo. Tenía una misión. Tareas encomendadas como empleado cualificado de una multinacional. Bajito y de rostro arrugado, Héctor Manuel Torres Silva, El Enano (Líbano Tolima, Colombia, 1966), era el presunto representante en España de uno de los narcos más poderosos de Sudamérica, cuyo nombre, sugiere la policía, no es conveniente citar. Su hombre de confianza. Un tipo discreto pero efectivo. Capaz de patear cualquier piedra en su camino. Asuntos del negocio: a un sujeto apodado El Checheno lo contrató la organización para que asesinase a Nicolás Rivera. El sicario se lo confesaba a un policía mientras se bebía una botellita de agua mineral en la cafetería de El Corte Inglés de Vigo. Giraba la mano derecha, como quien busca el clic definitivo de una llave en la cerradura, y luego la extendía hacia delante, “una puñalada basta”. Lo peor de su oficio, decía con asco, es cortar el cadáver y meterlo en bolsas: “Acuchillar sí, trocear no”. El matón ruso sigue libre. Nicolás Rivera Gámez (Guadalajara, México, 1961) está vivo, pero preso en la cárcel de León desde septiembre de 2010, acusado de intentar introducir en España desde Sudamérica 3.000 kilos de cocaína. Sus socios estaban hartos de él. Se consultó con Colombia. Y el capo de nombre proscrito dijo “no” desde la selva. >>

Canta, ¿dónde está la farlopa?

La mañana del 18 de diciembre de 2009, el ahora testigo protegido T/001/219/09 se encontraba en el interior de una furgoneta. Las manos atadas con cinta aislante. La cabeza, cubierta con una capucha. Recibiendo puñetazos, palos y patadas en el cuerpo y en los genitales, según su relato. La cara se la dejaron intacta:

-Canta, ¿dónde está la coca?

Lo desnudaron. Uno de los “cinco o seis” agresores le agarró de los testículos mientras le obligaba a palpar el filo de una navaja. Para que sintiera de cerca el riesgo de que se los rebanaran. Le preguntaron por un compañero de oficina y por el jefe de la empresa para la que trabajaba, una agencia de aduanas que tramita el paso de contenedores y mercancía en el puerto de Algeciras, el de mayor tráfico de España. Le hablaron de un contenedor procedente de Bolivia. Él recordó haberlo despachado unos días atrás. Y que traía lamas de tarima flotante. Poco más. O eso dijo. Le respondieron que estaban pensando en traer también a su hija para preguntarle a ella dónde estaba “la farlopa” de ese contenedor. Le ataron una brida alrededor del dedo corazón de la mano izquierda y otra en el dedo gordo del pie izquierdo. Lo colocaron de pie y le sujetaron el cuerpo y la pierna entre varios y le advirtieron: “No te muevas”. Notó cómo el tajo de un hacha le amputaba de cuajo el dedo gordo del pie izquierdo desde la primera falange. El índice le quedó colgando. Le siguieron golpeando y preguntando por el contenedor de origen boliviano. Cayó al suelo. Lo volvieron a sentar. Luego, oyó una conversación en la que hablaban de liarle cinta aislante alrededor de la cabeza para evitar que salieran fluidos. Al dispararle, se entiende. Le colocaron un arma cerca de la sien, obligándole a palparla con la mano. Oyó cómo cargaban la pistola. Suplicó de rodillas que no lo mataran. Y entonces lo dejaron descansar. Le preguntaron por otro contenedor que llegaría desde Bolivia. Le dieron los datos. Le dijeron que lo despachase, ofreciéndole una suma de dinero. Él dijo que lo haría gratis. Le bastaba con que le dejaran libre. Lo hicieron. En casa contó que había tenido un accidente. En el hospital, que se había cortado mientras podaba un abeto (se acercaba la Navidad). >>

 

Hijos muy buscados

Las familias siguen cambiando y adoptando nuevas formas. Los matrimonios gays han dado visibilidad a una manera de ser padres que lleva 20 años practicándose en España, pero que se había ocultado y ha causado un ‘limbo’ jurídico para muchos niños: la subrogación, conocida como ‘vientres de alquiler’. Sus protagonistas nos cuentan tres historias que pueden sorprender. >>

Héroes Anónimos

Fue una boda reducida, con unos 80 comensales. Un matrimonio civil y discreto entre un alemán y una española afincados en Almería. La alerta llegó un año después. “Ten cuidado”, le anunció a ella una compañera de trabajo, “se rumorea que algo va a pasar”. Primer aviso de que su vida privada no era moralmente satisfactoria a juicio de sus empleadores. No hubo más. Poco después se encontraba en un despacho de la Delegación Episcopal de Enseñanza, con un miembro de la curia, discutiendo los pormenores de su estatus civil y el problema que suponía para seguir ejerciendo de profesora de religión en un colegio público. “Si os hubierais quedado cada uno en vuestra casa…”, le dijo aquel hombre. Pero un matrimonio civil con un divorciado resultaba intolerable a ojos de quien estaba en disposición de renovar los contratos de los docentes: el obispado. Resurrección Galera, que entonces tenía 36 años, salió de aquella reunión preguntándose qué había ocurrido. Pero sin ningún sentimiento de culpa. Al revés: con la sensación de que una enorme injusticia comenzaba a apartarla de la profesión que amaba. “No había hecho nada malo. Solo quise formar una familia”. >>

De aquí para allá

Cuando, a principios de año, la reina Sofía husmeó en el interior del paralelepípedo, quedó sorprendida (para bien) con la propuesta, pero también dejó constancia de que aquella disposición podría derivar en alguna situación incómoda para sus inquilinos más pudorosos: la suite no tiene un cuarto de baño, recalcó, sino una ducha y un escusado que vierten directamente a la habitación. Y la bañera ha sido emplazada frente al sofá. Tomás Alía, el diseñador responsable, premio Nacional de Arquitectura de Interiores en el año 2000, cuenta que su propio dormitorio está dispuesto de manera similar. Sin barreras entre la ducha y la cama, pues se trata de un espacio íntimo, a compartir, como mucho, con otra persona. Cuestión de gustos. La Reina asintió. Y siguió su camino. En cualquier caso, era lo de menos. La anécdota tuvo lugar en Fitur, el primer destino de esta innovadora habitación de hotel después de salir de la fábrica (sí, la fábrica), subirse al remolque de un camión y marchar a Madrid desde Vizcaya. Como si fuera una roulotte. Porque en eso consiste el mencionado paralelepípedo. La Suite Ecosostenible y Viajera se encuentra a medio camino entre un remolque y una casa prefabricada. Resulta fácil de trasladar y acoplar. Y se trata de una solución pensada para aquellos hoteles que quieran ampliar espacio sin realizar obras, según sus promotores; una respuesta de escaso impacto ambiental, añaden, ante las inquietudes del viajero moderno. El prototipo, el mismo que sorprendió a la Reina, se encuentra estos días instalado en el jardín del Molino de Alcuneza (www.molinodealcuneza.com), una casa rural de Sigüenza (Guadalajara). La estancia, 300 euros. >>

Un águila sobre el patio de butacas

Cuando el 4 de enero de 2010 se apagaron las luces del cine Proyecciones de Madrid y comenzó a correr la cinta, el director José Ramón Ayerra notó que la persona sentada en la butaca de al lado, el productor Daniel Écija, se le acercaba al oído y le susurraba: “Macho, esto parece una película…”. Era mediodía y estaban viendo el preestreno del primer capítulo de la segunda temporada de Águila Roja (TVE‑1), la serie con más audiencia de la televisión, una historia de héroes y villanos en la que un maestro de escuela del siglo XVII español esconde, bajo su gesto erudito, una personalidad secreta: la de un justiciero anónimo, oculto tras la máscara y una capa negra, ágil como una gacela, con aires de ninja, imbatible en el manejo de la catana y certero como Bruce Lee lanzando estrellas afiladas. La magia del cine. La oscuridad, la pantalla grande, el sonido envolvente. >>

Aires de revolución

Una ola de cambio ha sacudido el mundo que ellos conocían. Algunos lo han vivido en primera persona. Otros lo han seguido minuto a minuto en la Red. Todos coinciden en algo: ha llegado su hora. De Marruecos a Palestina, pasando por Túnez y Egipto, 10 árabes afincados en España nos hablan de democracia, dignidad y justicia. >>

Intercambio de parejas. El sexo por el sexo

La noche empieza en una discoteca de la zona financiera de Madrid en la que abundan los ejecutivos maduros. Clara y Miguel, un matrimonio de 35 y 33 años, suele dejarse caer por allí hacia las once. Cada jueves, como un ritual. Ella exhibe un vestido mini palabra de honor negro que deja el tatuaje de su espalda al descubierto; él viste pantalón y camisa oscuros. Dos botones desabrochados. Pelo húmedo, ropa de marca. Sexy y elegante. Forma parte del teatro: no suelen vestir así más que en esta otra parte de su vida que casi nadie conoce. Noches de mucho sexo y poco sueño. De intercambio de parejas y relaciones en grupo. Clara y Miguel son swingers, una expresión que se podría traducir por los que se columpian. Abiertos a todo. A ella, por ejemplo, le gustan los hombres “grandes y algo mayores” (su chico es de estatura media y fibroso). Y por eso se encuentran aquí, en la barra. Un paso previo antes de adentrarse en un local de intercambio. Un coqueteo para ponerse a tono. Puro juego. >>