Los amos de Internet en España

Era una de esas mañanas de mayo de 2000 en que un tipo corriente de Ávila se levanta con varias citas. Bancos, inversores, entidades de crédito. Nuestro abulense, llamémosle Jesús, lleva un año dándole vueltas a una idea en la que ha metido sus ahorros y a otras cuatro personas con fe ciega en el asunto. Necesita financiación. Unos seis millones de euros. Y mientras piensa en su próxima cita bancaria, en cómo doblma cita bancaria, en cómo doblegar ese rostro rígido que tendrá enfrente para que no apriete los labios y diga “no” con un gesto despectivo, hojea las páginas de un diario económico. Y lee: “La quiebra de Boo.com desata la alarma entre las empresas de Internet”. Ouch. Las puntocom en el precipicio. Boo.com había dilapidado 160 millones de dólares en seis meses. Hay que ser un necio o un idealista para enfundarse el traje esa misma mañana e ir a explicar a un posible inversor que un portal inmobiliario en Internet es una empresa rentable, con futuro, sólida. >>>

En la cuna del alunizaje

Hay un lugar en Madrid en el que ser alunicero, atravesar con un coche robado los cristales de un lujoso escaparate, significa haber triunfado. Ser alguien. Noches de fiesta en reservados de discotecas exclusivas. Mucha pasta. Mujeres. Ropa cara y vehículos de alta gama. Conduciendo como rayos por la avenida de Andalucía, la arteria principal que atraviesa el distrito de Villaverde, la cuna de los aluniceros. El epicentro de un fenómeno creciente que tiene atemorizados a los comerciantes de las tiendas de lujo. Pero para esta vida, cuyas principales sagas se concentran en unos desvencijados bloques en altura de la calle de Potes, no sirve cualquiera. Hay que ser duro. El más rápido al volante. Suena el teléfono móvil:
-Isma, primo, ¿por qué ya no me llamas para acompañarte?
-Es que tú no vales para esto. Eres un blando. >>>

El sexo en tiempos revueltos

Hasta hace un año, V. G. era una ejecutiva de posición acomodada, gimnasio por las tardes y un trabajo enriquecedor aunque estresante. Mujer madura y divorciada, de sexo funcional y algo rutinario con su pareja: “Lo hacíamos entre semana algún día o lo dejábamos par el fin de semana”. Con los primeros síntomas de deshielo económico, a principios de 2008, su empresa decidió dejar de contar con ella. Reacción: “Te hundes. El primer mes en paro vas dando tumbos. Parece una película. Con dos niños, los mismos gastos y muchos menos ingresos…”. Se vio obligada a renunciar al gimnasio y a algunos de sus placeres cotidianos. Pero encontró otros. Menos costosos. Igual de reconfortantes, o más. Por ejemplo, el sexo. Dice: “Me siento más deseada que nunca, y deseo más a mi pareja que nunca”.

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Depresión por la depresión

Inma C. es un hilo de voz, dos profundas ojeras, 20 años de trabajo y cuatro meses en paro. Dice: “Los lunes… Los lunes se volvieron insoportables. Un abismo sin nada que hacer. Un precipicio. No sé ni cómo definir cómo me encontraba: ¿Desesperación quizá?”. Cuando llegó a la consulta del psicólogo, se sentía sin ánimo, como un trapo, un trapo “amortizado”, porque en su empresa los despidos contaron con nombre propio: “Amortización del puesto de trabajo”. Las fusiones entre dos compañías generan duplicidad de personal, y esa duplicidad, la necesidad de “amortizar”. Inma C. dedicó sus 20 años de vida laboral a la misma empresa de cosméticos. Alcanzó un cierto estatus, directora de marketing, con un equipo de 10 personas a su cargo. Entonces aterrizó el deshielo económico, el bajón en el consumo, la fusión y los primeros despidos. Ella comenzó a rumiar, sobre todo en la cama: “No, no creo que me toque a mí. Tengo 46 años, conozco la compañía. Pero, ¿y si…?”. Como todo el mundo hablaba de lo mismo, el ambiente laboral se volvió irrespirable. Los primeros insomnios se tragaron las noches. El pánico a mañana en la cabeza. Los gritos en casa con su pareja. El agotamiento físico. Un día de diciembre le tocó su turno. “Nos hemos visto obligados a amortizar tu puesto…”, le anunciaron, y fue así como Inma C. conoció el abismo de los lunes, el vacío del paro. Con 46 años, dos hijos y un marido que gana poco más de mil euros, se quedó bloqueada por la crisis. ¿Qué iba a hacer ahora sin trabajo ni ingresos? Diagnóstico: síndrome ansioso depresivo.

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Ana y Mia, princesas de Internet

Bienvenidas. Éste es un blog para aquellas que buscan un sueño y que se sienten incomprendidas, que están cansadas de que todos vengan a decirles “no hagas eso, te estás matando, la felicidad no reside en el físico” y semejantes bobadas. Decidir luchar por un sueño es mucho más que pesar X kilos, es el esfuerzo, es la superación día a día, es la ilusión porque sabes lo que quieres, y sobre todo es conseguirlo :-). Espero que este blog no sea sólo un monólogo mío, porque creo que tenemos que estar unidas en esto, ayudarnos y darnos muchos ánimos. Porque nadie dijo que fuera fácil ser princesa”.

Alejandra expresa su estado de ánimo a través de un fotolog, un espacio de Internet en el que los usuarios cuelgan una foto diaria y añaden un texto breve debajo. El anterior era su mensaje de bienvenida. A los 17 años, su felicidad es una ecuación inane que mide en función de su ingesta. Por eso ha sido un “finde perfecto”, porque nadie más que ella ha controlado lo que comía. En tres días no ha sumado ni 500 calorías.

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Km 1,3: la cancha

Las rejas y el sol cayéndole de medio lado le dan un aire carcelario a las canchas. La única puerta se encuentra a poniente, así que cuando entra la pareja de policías uniformados los chavales fruncen el ceño y achican los ojos. El golpe de los balones contra el suelo se detiene un instante y ya sólo se oye el zumbido de sus radiofrecuencias. Un niño de tez oscura me mira como si yo tuviera algo que ver con ellos, porque también voy abrigado y también me encuentro a la puerta. Le devuelvo el vistazo con aire resignado, como diciéndole: “A mí que me cuentas yo sólo he venido a echar unas canastas”.

No sé si los policías buscan un rastro droga, la huella de un crimen o si lo que quieren es dejarse ver. Rodean el patíbulo y su sombra es espigada. Si fuesen un poco más listos pondrían orden en la pista. Manuel Osuna, el alcalde del barrio, me contaba el otro día mientras chupaba uno de sus Ducados en su despacho de la calle Lavapiés, que un equipo femenino de fútbol solía entrenar aquí los lunes, pero, como eran chicas y futbolistas, su balón siempre acababa encontrando algún pie cargado de testosterona que lo cruzaba al parque. Así funciona el rey de la pista en las canchas de Casino de la Reina. Ahora el equipo de mujeres entrena en un instituto, pagando. Y Osuna, otra chupada de humo blanco, ha pedido a Ruiz-Gallardón dos monitores deportivos para reglar el tráfico de la pista central de Embajadores.

Cuando los agentes terminan la ronda ni siquiera se han enterado de si los chavales africanos y latinos saben golpear un balón. Aquí todo el mundo se ha quedado quieto, con la gota de sudor al borde de la cara y los brazos brillando al sol oblicuo. Cruzan de nuevo la puerta, hablando del negocio de un familiar. “Que no va bien, que no”, dicen y pasan a mi lado. Su sombra lenta, torpe y arrastrada tarda aún unos segundos en abandonar las canchas. Yo aprovecho para buscar con los ojos al chico de tez oscura y decirle con un gesto: “Ves como no tengo nada que ver con ellos”. Pero ya ha echado a rodar el balón que llevaba debajo del brazo y corre lejos detrás de él.  Se vuelve a oír el roce de las zapatillas contra el asfalto.

Un abogado contra Guantánamo

Fue el primero en llevar la prisión ilegal a los tribunales. Abrió el camino para defender a los detenidos. Con su ONG, Clive Stafford Smith ha luchado por liberar a casi un centenar. Ahora confía en Europa para echar el cierre.

Cuando en enero de 2002 empezaron a conocerse las primeras noticias sobre la prisión de Guantánamo (Cuba), a la que los militares estadounidenses estaban trasladando a supuestos terroristas de Al Qaeda y talibanes afganos capturados “en combate”, un abogado de sonrisa torcida decidió meter una cuña antes de que se cerrara la puerta de la guerra sucia contra el terror. “Demandemos al presidente Bush”, escribió Clive Stafford Smith en un correo electrónico a sus colegas defensores de los derechos civiles en Estados Unidos. La mayoría respondió con silencio. Otros no veían ningún problema con la prisión. Algo había cambiado, se excusaban: su país se encontraba en guerra desde el 11-S.

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Qué duro es el cine

Gabino Diego habla solo. Mueve los labios como recitando algún pasaje de memoria. La mirada perdida ajena al zumbido de maquilladores y atrezistas del estudio del fotógrafo Jaume de Laiguana. El soliloquio en la esquina. Gabino dirá luego verdades como puños. Dirá, por ejemplo, que “está de puta madre” lo de los talentos españoles que triunfan en Hollywood. Pero lo dirá con ironía, torciendo el gesto. “De puta madre”, porque el dinero se lo queda Hollywood. Cita también a Almodóvar, dos oscars. Eso sí es admirable porque los ha logrado haciendo su cine. “Con la gente y el idioma que él quería”. Y concluye con unas palabras de Fernando Fernán-Gómez sobre los Goyas: “Solía decir que, para un cineasta joven, los premios eran una forma de saber que iba por buen camino”. Los Premios Goya de la Academia del cine cumplen hoy 23 años. Y mientras Gabino espera que nadie le tome por pesimista cuando pronuncia la palabra “crisis”, varios productores cruzan los dedos. Para ellos, los premios son, sobre todo, una segunda oportunidad. Otra vida para sus películas. Un escaparate que permita reestrenar, reconciliarse con el público. Porque se ha visto poco cine español en 2008. Y las salas son crueles. No hay piedad con las butacas vacías.

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La noche más larga del último bandolero

Cuando Miguel Mérida desapareció el 2 de febrero de 1994, su hermano, que trabajaba con él en el cortijo de Villares, en la vertiente cordobesa del río Guadajoz, dijo a la Guardia Civil: “Mirad, sus zapatillas para cruzar el río están en esta orilla. Miguel se ha quedado en Córdoba, no ha cruzado a Jaén”. Mérida fue a trabajar aquel miércoles y se esfumó. Dejó su cartera, su gorro y su moto junto a unas ramas de olivo. Le quedaba una semana para marcharse a Palma de Mallorca, donde trabajaba en temporada alta de ayudante de cocina en un hotel. En invierno volvía a su tierra a recoger la aceituna. No era un muerto de hambre. Ni un loco. Sólo un tipo tímido y retraído. La policía buscó en sus cuentas bancarias deudas o movimientos raros. Habló con sus compañeros de viaje a Mallorca, con sus amigos y familia. Nada. Sus hermanos, Fernando y Consolación, acudieron el 1 de marzo al programa Quién sabe dónde, de Televisión Española, sin resultado.

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Low cost: la revolución que vino del cielo

La esencia del low cost se puede medir en un par de centímetros. Piense en una taza azul cuya base sea más estrecha que la abertura. Si quiere transportar miles de ellas de la fábrica al punto de venta, lo más normal es que las apile unas encima de otras, y todas sobre un palé; luego las meterá en un camión y las pondrá rumbo a la tienda. Pero esto tiene un problema: el asa. La pequeña protuberancia que distingue una taza de un vaso hace de tope, y si mide cinco centímetros, por ejemplo, cada taza apilada sobresaldrá de la inferior esos cinco centímetros, además de quedar torcida. Alguno de sus ingenieros y diseñadores le diría entonces que lo “básico” de una taza es que se pueda coger por el asa; y que para dicha función basta con un dedo, y para un dedo, tres centímetros son más que suficientes. De esta forma, sugerirían los ingenieros, conseguiría apilar 576 tazas más por palé y 23.040 más por camión. Se ahorraría costes de transporte y mano de obra, porque en su tienda, que se parece bastante a un almacén, las piezas quedan expuestas en el mismo palé en el que llegan. Así, podría llegar a vender cada taza a 0,80 euros, en lugar de a 0,99, como lo hacía hasta ahora, y seguir ganando lo mismo por unidad. Su cliente, al considerar el precio, comprará más. Y si se le rompe, nunca se le pasará por la cabeza pegarla. Comprará otra, porque son una ganga. Dos centímetros menos de asa y todos un poco más felices. Bienvenidos a la fiebre del bajo coste.

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