Qué duro es el cine

Gabino Diego habla solo. Mueve los labios como recitando algún pasaje de memoria. La mirada perdida ajena al zumbido de maquilladores y atrezistas del estudio del fotógrafo Jaume de Laiguana. El soliloquio en la esquina. Gabino dirá luego verdades como puños. Dirá, por ejemplo, que “está de puta madre” lo de los talentos españoles que triunfan en Hollywood. Pero lo dirá con ironía, torciendo el gesto. “De puta madre”, porque el dinero se lo queda Hollywood. Cita también a Almodóvar, dos oscars. Eso sí es admirable porque los ha logrado haciendo su cine. “Con la gente y el idioma que él quería”. Y concluye con unas palabras de Fernando Fernán-Gómez sobre los Goyas: “Solía decir que, para un cineasta joven, los premios eran una forma de saber que iba por buen camino”. Los Premios Goya de la Academia del cine cumplen hoy 23 años. Y mientras Gabino espera que nadie le tome por pesimista cuando pronuncia la palabra “crisis”, varios productores cruzan los dedos. Para ellos, los premios son, sobre todo, una segunda oportunidad. Otra vida para sus películas. Un escaparate que permita reestrenar, reconciliarse con el público. Porque se ha visto poco cine español en 2008. Y las salas son crueles. No hay piedad con las butacas vacías.

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La noche más larga del último bandolero

Cuando Miguel Mérida desapareció el 2 de febrero de 1994, su hermano, que trabajaba con él en el cortijo de Villares, en la vertiente cordobesa del río Guadajoz, dijo a la Guardia Civil: “Mirad, sus zapatillas para cruzar el río están en esta orilla. Miguel se ha quedado en Córdoba, no ha cruzado a Jaén”. Mérida fue a trabajar aquel miércoles y se esfumó. Dejó su cartera, su gorro y su moto junto a unas ramas de olivo. Le quedaba una semana para marcharse a Palma de Mallorca, donde trabajaba en temporada alta de ayudante de cocina en un hotel. En invierno volvía a su tierra a recoger la aceituna. No era un muerto de hambre. Ni un loco. Sólo un tipo tímido y retraído. La policía buscó en sus cuentas bancarias deudas o movimientos raros. Habló con sus compañeros de viaje a Mallorca, con sus amigos y familia. Nada. Sus hermanos, Fernando y Consolación, acudieron el 1 de marzo al programa Quién sabe dónde, de Televisión Española, sin resultado.

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Low cost: la revolución que vino del cielo

La esencia del low cost se puede medir en un par de centímetros. Piense en una taza azul cuya base sea más estrecha que la abertura. Si quiere transportar miles de ellas de la fábrica al punto de venta, lo más normal es que las apile unas encima de otras, y todas sobre un palé; luego las meterá en un camión y las pondrá rumbo a la tienda. Pero esto tiene un problema: el asa. La pequeña protuberancia que distingue una taza de un vaso hace de tope, y si mide cinco centímetros, por ejemplo, cada taza apilada sobresaldrá de la inferior esos cinco centímetros, además de quedar torcida. Alguno de sus ingenieros y diseñadores le diría entonces que lo “básico” de una taza es que se pueda coger por el asa; y que para dicha función basta con un dedo, y para un dedo, tres centímetros son más que suficientes. De esta forma, sugerirían los ingenieros, conseguiría apilar 576 tazas más por palé y 23.040 más por camión. Se ahorraría costes de transporte y mano de obra, porque en su tienda, que se parece bastante a un almacén, las piezas quedan expuestas en el mismo palé en el que llegan. Así, podría llegar a vender cada taza a 0,80 euros, en lugar de a 0,99, como lo hacía hasta ahora, y seguir ganando lo mismo por unidad. Su cliente, al considerar el precio, comprará más. Y si se le rompe, nunca se le pasará por la cabeza pegarla. Comprará otra, porque son una ganga. Dos centímetros menos de asa y todos un poco más felices. Bienvenidos a la fiebre del bajo coste.

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