Así conocí a mi pareja

Dicen que cuando uno encuentra al hombre o a la mujer de sus sueños mira su vida en perspectiva y todo parece encajar, como un puzle resuelto por una mano omnisciente: cada paso, cada peldaño, cada pequeña o gran decisión lo estaban guiando hasta ese instante en que todo cobra sentido. Se ve la vida como una sucesión de puntos en una hoja de ruta: simplemente, tenía que ocurrir. Por supuesto, no todos lo sienten o no lo sienten de la misma manera. >>

Los jinetes del frío

El umbral solo se puede cruzar en moto o a pie. Son las reglas. Al otro lado, los jirones de humo surgen de la tierra como fumarolas. El olor espeso de las hogueras y los tubos de escape se mezcla en el ambiente y se impregna en la ropa. A ambos flancos, cientos de motocicletas aparcadas y de pilotos con el casco en la mano forman una avenida como de otro planeta, de otro tiempo, parecen salidos de la cúpula del trueno. Poco a poco se diseminan por el pinar, levantan su tienda, hacen acopio de madera, arrastran los troncos por el barro con una cuerda atada a su vehículo. El pino húmedo chasca al prender. Comienza a caer la noche y a correr la cerveza en torno al fuego; la panceta se dora entre las brasas, hay risas y bramidos metálicos; faros que cruzan de un lado a otro. Baja la temperatura. Nadie se quita el mono de carretera ni las bragas del cuello ni las botas. El fango trepa por la pernera. El ambiente hace pensar en las hordas a las puertas de Roma, descansando antes de entrar en batalla. Comunión, hermandad y testosterona. Bienvenidos a Pingüinos, la mayor concentración motera del mundo durante el invierno, según los organizadores. Un viaje para iniciados donde unos y otros se reconocen, más que por la cara, por el modelo y el estruendo de sus máquinas. Sucede desde hace 30 años a las puertas de Valladolid. La última edición, entre el 6 y el 9 de enero, congregó a 25.000 jinetes. Tres días sobre la tierra gélida de Puente Duero, a orillas del río. >>

Aquí vivo solo

En la penumbra amarillenta de un aparcamiento subterráneo del centro de Madrid, Paula Márquez se encuentra con Pavel Gómez, o al revés, según quien salga primero del trabajo; suben al coche y entonces esta pareja treintañera comienza el viaje de vuelta al hogar. El vehículo deja atrás la ciudad, atraviesa el Corredor del Henares, centros comerciales, obras, polígonos, se aprieta a otros coches a mitad de camino, cuando se reducen los carriles de la autopista, y va así poco a poco trazando en paralelo el recorrido del AVE Madrid-Barcelona. El tren discurre por lo alto, cosiendo un pliegue de tierra a unos mil metros de altitud, mucho más rápido, mientras Pavel y Paula pulen el asfalto de la A-2. Sus caminos se cruzan un poco más allá, una hora después, en lo alto del páramo que domina Guadalajara. En esta tierra de secano donde aún se siembran girasoles, croan las ranas en verano y el viento en invierno se vuelve inclemente, aparece Ciudad Valdeluz, un costurón que alguien, en un foro inmobiliario de Internet, comparó con “una mala partida del Simcity”, un videojuego de estrategia en el que uno ha de construir y abastecer ciudades al modo en que lo haría Dios o un planificador omnisciente, viéndolas crecer a vista de pájaro. >>

La serie reina

Javier Gutiérrez, el actor que interpreta a Sátur, el fiel escudero del Águila Roja, pasaba páginas de la biblia de la serie y se decía: “Esto no puede funcionar. ¿Un ninja en el Siglo de Oro español?”. Poco después, durante los primeros días de rodaje, intentaba corregir matices con el equipo: “Un personaje como el mío no puede utilizar expresiones de hoy…”. “Hazme caso”, le respondían, y él volvía a la línea del guión rumiando: “Ellos sabrán”. Funcionó. Desde el primer día. Como un tiro. Y ahí sigue.
La noche del 4 de noviembre, siete millones de personas vieron cómo David Janer, el actor que hay tras el héroe anónimo del siglo XVII, el Águila Roja, el ninja del Siglo de Oro, se sumergía en una ciénaga de arenas movedizas en busca de alguna pista que le condujera hasta su madre. Sátur se encontraba a su lado, maldiciendo su suerte y hablando a solas. Mediaba la tercera temporada de la serie que emite TVE-1, y este capítulo, el 33, batía su récord de audiencia. Un día antes, el jurado de los Premios Ondas hacía pública su lista de ganadores y reconocía en Águila Roja la mejor serie de 2010 alegando dos motivos: “Recuperar el género de aventuras y marcar tendencia”.
Algo está pasando con la ficción española. Los actores que posan con motivos navideños en estas páginas reúnen, en su conjunto, a más de 20 millones de espectadores cada semana. Las series con ADN ibérico se han adueñado del prime time . Cierto, no son el fútbol, y no toda la audiencia les dedica buenas palabras, pero cruzan como una apisonadora sobre la ficción estadounidense con una cuarta parte de presupuesto. Águila Roja es quizá el mejor referente para hablar de este nuevo universo: una de espadachines, pero con catana, un Alatriste con aires de superhéroe. Hace menos de dos décadas hubiera sido impensable sostener durante tres temporadas un argumento de este estilo y una producción que compite con el cine. Pero desde que entraron las cadenas privadas en el terreno de juego, a principios de los noventa, se ha ido produciendo un corrimiento de tierras. Y mientras muchos hablan de Mad Men , Los Soprano o The Wire y consagran la época dorada de las series estadounidenses, los productores españoles aseguran que en España los mejores guionistas se encuentran desde hace tiempo en televisión. La ficción ha alcanzado su madurez. ¿Un ninja en el Siglo de Oro? Quizá la mejor respuesta sea: “Ya era hora”. Con él, las cadenas han vislumbrado nuevos caminos: en Hispania , Viriato es un libertador al estilo de Braveheart durante la conquista romana de la Península; y en Tierra de Lobos , Álex García dispara a dos manos sus revólveres rodeado de encinas. Un western en la meseta, quién lo hubiera dicho.
Cuestión de asumir pequeños riesgos y avanzar paso a paso. Gregorio Quintana, uno de los responsable del lanzamiento de Hospital Central, la serie más longeva de nuestra televisión, con 10 años en antena, y actual director de la factoría Ida y Vuelta (Física o química, Los protegidos), suele decir que la audiencia nunca se tragaría que un ovni aterrizase en un pequeño pueblo de España. Casi se puede oír al espectador gritando “¡Anda ya!” delante de la pantalla. Se pueden introducir, sin embargo, pequeños giros para tocar palos tan desconocidos como la ciencia-ficción. Quizá aún no estemos listos para cruzar universos paralelos en las calles de Valencia o Madrid, como los creados por J. J. Abrams en Fringe . Pero sí se puede intentar narrar la vida de un grupo de chavales con superpoderes y terminar la primera temporada rozando los cuatro millones de audiencia, como ocurrió con Los protegidos (Antena 3). Porque en el fondo no es sino el giro de tuerca de referentes tan cercanos como Médico de familia ; solo que Chechu, en este caso, sería un niño con telequinesia.
A aquella familia media encabezada por Emilio Aragón se le debe mucho más de lo que parece. Cuando surgieron las cadenas privadas y las autonómicas, el prime time estaba copado por seriales norteamericanos. Después llegaron los primeros fogonazos made in Spain , con Farmacia de guardia y Los ladrones van a la oficina . Se intuyó que era posible crear series competitivas. Y entonces cayó el bombazo en 1995 con Médico de familia . Detrás de ella se encontraba Globomedia, una pequeña productora entonces que hoy mueve los hilos de la ficción en España. Daniel Écija, el capitán de aquel barco, cuenta que a mediados de los noventa no existía la profesión de guionista de televisión ni las series de gran recorrido al estilo americano, con 26 capítulos al año. “Estábamos muy verdes. Pero los éxitos, como el de Médico de familia le dieron confianza al sector”. Confianza y una industria que no conoce la crisis. Las cadenas invierten hoy en ficción más dinero que nunca. Se ha dado un salto cualitativo y cuantitativo. Las series que ilustran este reportaje, salvo Aída , cuestan entre 600.000 y 800.000 euros por episodio, cuando hasta hace poco era de locos pensar en una producción de medio millón de euros. El año pasado, las 242 empresas del sector facturaron más de 2.200 millones (14 veces más que en 1992), según datos de la Federación de Asociaciones de Productoras Audiovisuales.
Mediaban los noventa y, mientras Lydia Bosch y Emilio Aragón se hacían caídas de ojos, comenzaron a girar las tornas. Globomedia puso en marcha su segunda serie, Periodistas , abriendo una nueva puerta que ya se había explorado en el extranjero, pero apenas entre nuestras fronteras: un serial centrado en un gremio. A su éxito le siguieron Policías, en el corazón de la calle, Hospital central y otras tantas. Historias de aquí contadas como las de allá. Se abrió la lata de la intriga y el thriller (Acusados), nos adentramos en los misterios de El internado , apareció Cuéntame , y los chavales de Física o quimica comenzaron a vivir su adolescencia. Se perdió el miedo al sonido en directo y en español. Se comenzó a arriesgar.
Cada época tiene su salto. Y así, de pronto, entró en nuestras vidas un ninja, descorchando el género de las aventuras, que no es que estuviera olvidado, sino que, salvando a Curro Jiménez , no había existido en nuestro imaginario televisivo. Águila Roja , cuenta Daniel Écija, llevaba 10 años dando vueltas en su cabeza (y en la de otros muchos colaboradores). Buscaban “una de espadachines”, pero “con ADN español”. Un cruce entre Shakespeare in love , Salgari, Dumas y la María Antonieta de Sofia Coppola. Siendo conscientes de nuestras limitaciones narrativas y presupuestarias. Y sin miedo: hasta contrataron a un director coreano para que les ayudase a rodar las escenas de acción con cierto aire oriental. Ahora que la moda de “la épica y la época” se ha diseminado con éxito entre las cadenas con Hispania y Tierra de Lobos , en Globomedia ya están buscando el próximo salto, coqueteando con esa nueva puerta abierta de la ciencia-ficción. Una de sus grandes apuestas para el año que viene, El barco , narra la vida en un buque de una expedición científica. Cuando han de tocar tierra en las islas Canarias, según la cartografía, se dan cuenta de que estas no están donde deberían; han desaparecido.
Pero quizá una de las mayores contribuciones de esta empresa (“este taller”, como suele llamarlo Daniel Écija) haya sido la de crear escuela. Los guionistas que aprendieron el oficio en sus filas hoy caminan solos al frente de otras series y otras productoras. Abriendo nuevas vías. Ruth García, por ejemplo, cocreadora de Los protegidos , comenzó escribiendo en Aquí no hay quien viva , Los hombres de Paco y El internado . Rocío Martínez Llano y Juan Carlos Cueto, creadores y productores ejecutivos de Tierra de lobos , que emite Telecinco, dieron sus primeros pasos en Médico de familia ; incluso participaron en la génesis de Águila Roja . Lo cuentan mientras sorben un café junto a los Estudios Picasso de Telecinco, un complejo de naves industriales a las afueras de Madrid donde se han rodado, entre otras, Los Serrano y Hospital central . Se muestran inquietos. Con una tonelada de trabajo a sus espaldas. Horarios, planificación, arcos y tramas, diálogos. Andan rodando el último episodio de su primera temporada. La audiencia les ha ido queriendo cada día un poco más (han superado la delicada barrera de los tres millones), y ellos hablan de la serie como si fuera un bebé que fue haciéndose grande. La idea original, explican, se parecía mucho más a Cumbres borrascosas y a Mujercitas . Buscaban una “gran historia romántica”. Pero cuando Telecinco apostó por la idea, también les dijo: “Vamos a hacerla crecer”. Primero, porque en España, con un panorama audiovisual poco fragmentado aún, las series se dirigen a una audiencia muy general. Abuelos y adolescentes. Jóvenes y adultos. Hombres y mujeres. Las tramas han de contener amor, acción, misterios y situaciones cómicas (y siempre, claro, hay algún niño). Un poco de todo y para todos. Con muchos personajes y un ritmo forzosamente lento. Y segundo, porque en este país ocurre un fenómeno único en el mundo. Las series en horario estelar duran unos 70 minutos (en Estados Unidos rondan los 40 minutos, una hora como mucho). Las cadenas españolas llenan con ellas, sumando la publicidad, casi dos horas de emisión. Lo que se traduce en un modelo de producción más barato, pero con un ritmo y unos horarios en muchos casos asfixiantes para el equipo: 11 días de rodaje por episodio, un metraje casi de cine y, en muchos casos, dos unidades en marcha.
La figura del poli malo se hace inevitable. “Alguien tiene que representar este papel”, cuenta David Jareño, jefe de producción de Tierra de lobos , un veterano de los largometrajes reconvertido a la tele casi a la fuerza; porque es a ella, cuenta, adonde se ha trasladado la industria audiovisual. “Fíjate, esto es casi cine”, dice señalando a las 40 personas diseminadas por el monte: iluminadores, efectos especiales, maquillaje, cámaras, caballistas, especialistas. Nos encontramos sobre una colina en una finca de Navas del Rey (Madrid). Álex García, el protagonista de la serie, traza a caballo el recorrido que después habrá de seguir ante las cámaras, para que el animal se acostumbre y no se asuste cuando haya de repetirlo, pero cruzando esta vez una cortina de humo y con su jinete disparando a sus enemigos con un revólver en cada mano. Primera toma: negativo. Entre el cañonazo de humo y la ausencia de mando, el caballo sale por peteneras. Jareño se desespera: “¡Pues que dispare con una sola mano!”. A pesar del cabreo momentáneo, cuenta, se siente orgulloso de disfrutar de un trabajo al aire libre, de rodar escenas de acción en exteriores, de moverse entre trajes de época, puñetazos, winchesters y caballos: “Este es el camino si queremos igualarnos a los americanos”.
De las series retratadas en este reportaje, sin ningún afán exhaustivo, pero con intención de mostrar por dónde van los tiros de la ficción, la única cuyo rodaje se sigue desarrollando completamente en interiores es Aída (Telecinco), también de Globomedia. Es la producción más barata y también la más antigua. Pero después de siete años en antena sigue manteniéndose en audiencias más que razonables, y el público aún llena las gradas que hay frente al plató y aún ríe, con cada coma del guión, las aventuras de barrio de una prostituta, un yonqui, una choni y un hostelero facha. Paco León es hoy el centro de gravedad del reparto. El heredero de la filosofía de Carmen Machi: buen rollo y profesionalidad, como una compañía de teatro a la vieja usanza. El reciente Ondas a la mejor interpretación masculina se toma un descanso a la “hora del bocata” y cuenta que la jornada se alarga desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde. Un maratón, porque su producción también se estira hasta el infinito (los americanos, cuenta Daniel Écija, no se lo creían: “¡Una sitcom de 50 minutos!”).
Este “cómico y aspirante a payaso” —así se define León— dice que el premio demuestra que la serie sigue viva y que el personaje todavía funciona. Y añade algún episodio vivido en Latinoamerica, entre aglomeraciones y guardias de seguridad, como una estrella del rock. Porque la ficción española se exporta. Se ve Médico de familia en Italia, Física o química en Francia, y Antonio Resines, el protagonista de Los Serrano , es una celebridad en Bulgaria. Así hasta 30 producciones, según el Panorama Audiovisual 2010 , de la Entidad de Gestión de Derechos Audiovisuales.
Se ha ido forjando además un tejido de intérpretes como nunca había existido. Caras nuevas que nacen todos los años, y otras más veteranas que apenas habían metido un pie en la televisión y de pronto se ven interpretando al Rey, como Lluís Homar en la miniserie del 23-F (la ficción más vista de 2009), y estos días metido hasta el tuétano del pretor Galba en Hispania (Antena 3). Su foto con Ana de Armas, descubierta en El internado , quizá sea el mejor ejemplo. “Los tiempos son duros. Y esta industria tiene sus limitaciones”, contaba Homar poco antes de ser retratado. “Pero con Águila Roja se ha abierto un mundo histórico y de aventuras que no existía. Se han roto los esquemas. Y esto es lo que le da sentido a la televisión”. La ficción está de moda. Hasta entre los actores más reputados. Y, quizá por eso, hace tiempo que dejó de chirriar ver a un ninja encapuchado dando saltos por los tejados del siglo XVII.

(publicado en el especial de Navidad de El País Semanal; 12/12/2010)

Sexo telefónico, ¿dígame?

Cuando suena el teléfono, Virginia Rodríguez, de 27 años, no necesita moverse. Cruzada de piernas en el sofá de su salón, pulsa el botón del auricular y junta las manos sobre su abultada tripa de embarazada. Sus amigos guardan silencio y sorben buchitos de cerveza con la mirada atenta y una carcajada ahogada raspando la garganta. Virginia o, mejor, un álter ego de Virginia, mucho más sensual y pícaro, dice: “Hola, ¿cómo te llamas? [...] Yo me llamo Alicia [...]. Soy morena, con el pelo largo, mido 1,70, peso 62 kilos, tengo una 115 y los pezones gorditos como guindas [...]. Claro que sí [...]. ¿Y qué te gusta hacer? ¿Me comerías [...]? Empezarías por los pies y luego irías subiendo [...]. ¿Ah sí? Y un dedito que no falte… ¿Me vas a poner a cuatro patitas? ¿Vas a hacer todo lo que yo diga?”. Después de preguntar por la talla de su interlocutor, y mencionar distintas posturas (el lenguaje que van a leer en estas páginas es una versión suavizada de la realidad), Virginia comienza a emitir gemidos con mayor intensidad, cambia el ritmo e intercala exabruptos. De repente se detiene en seco. Y dice: “Ya está”. Virginia resume a los amigos reunidos en su casa sus últimos cuatro minutos de trabajo: “Esta es una llamada de las normales, de las de cuéntame cómo eres, y yo te cuento cómo soy”. La típica, al parecer, de un viernes a las nueve y pico de la noche, poco antes de salir a cenar por ahí en Casetas, este barrio obrero de la periferia de Zaragoza. Porque aún es pronto, solo ha sido una llamada extra. Un ejemplo. El turno cotidiano de Virginia empieza de madrugada. De una a cinco y de lunes a domingo, con un día de descanso, siempre que no caiga en la madrugada del sábado o el domingo, cuando la línea erótica alcanza el punto de saturación. Virginia, Ana, Lorena, Marta, Soledad. Las mujeres que aparecen en este reportaje trabajan o trabajaron al otro lado del 803. Son su cara oculta. Pura interpretación. Las voces que sostienen una parte de los 726 millones de minutos de consumo en líneas de tarificación adicional en España, según la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (dato que incluye otros servicios, como el tarot). >>

Pose, Todd Selby está en su casa

Dice el fotógrafo Todd Selby que lo más complicado de su trabajo es encontrar al personaje correcto, a su “sujeto”, así lo llama, una persona a ser posible “interesante” y “creativa”, dispuesta a abrir de par en par las puertas de su piso. Pero, claro, hablamos de Nueva York, esa ciudad en la que una noche cualquiera Sally Singer, la ex editora de moda de la revista Vogue USA y actual directora de T Magazine, organiza una cena y unas copas con gente guapa y a la última en el Chelsea Hotel, ese que inmortalizó Leonard Cohen, uno de los epicentros, dicen, del artisteo y la bohemia. Y entonces, allí entre todas estas personas de conversación inteligente, el señor Selby conoce, por ejemplo, al señor Gerald deCock, peluquero y artista visual de barba poblada y aspecto poshippie, colaborador, vecino y amigo de Singer. A pesar de que el señor DeCock posee un apartamento abigarrado y colorista, carne de cañón para este fotógrafo empeñado en “contar historias de personas a través de su espacio y los objetos que poseen”, ese primer día cruzan de puntillas por el tema. Seis meses después coinciden en otra fiesta en una terraza y, esta vez sí, el señor DeCock invita al señor Selby a su casa, que casualmente se encuentra en el piso de abajo. El peluquero le acaba regalando al fotógrafo una alfombra atigrada, lo que da cuenta del tipo de decoración que se gasta, se produce el flechazo y en la siguiente cita, a principios de julio, tomarán hummus y falafel, y Selby llevará su cámara, para inmortalizar al “sujeto”, el peluquero, en “su espacio”, una vivienda neoyorquina con orientación suroeste, luminosa y extravagante, y esos pequeños detalles –móviles, abalorios– que definen la identidad “poco convencional” del inquilino. >>

El ‘loco’ canta solo

En el Porsche 911 de Dani Martín ahora suenan Enrique Urquijo y Los Problemas, ese bálsamo para las noches tristes en la ciudad. A él se le ve más flaco que nunca, la cara surcada y curtida, los mismos ojos intensos. Con un aire más sabio, quizá. En forma, porque se está preparando para el maratón de Nueva York y entrena corriendo más de veinte kilómetros cinco o seis días a la semana. Tiene 33 años, y en el navegador de esa bestia de la carretera se lee: “Aunque tú no lo sepas”. Dani, al volante, silba entre dientes sobre la voz de Urquijo; una canción lenta, melancólica y dolorosa. Hace un rato, mientras guiaba el coche hacia los paisajes de su adolescencia, en Alalpardo, un pueblo al norte de Madrid, empezó a contar cómo de pronto un día de principios de 2009 la vida hizo un requiebro inesperado y se llevó a su hermana mayor por delante. Y entonces –lo escenifica acercando la mano a la guantera junto al navegador– abrió el cajón y empezó a sacar y a sacar. Ahí dentro, vino a decir, en esta guantera imaginaria, estaba todo lo necesario para tirar hacia adelante. Las herramientas para seguir funcionando. “De repente”, aclaró, “aparece un personaje que no conocía, dentro de mi persona, que se hace cargo de cosas que ni pensaba”. >>

Quemar la adolescencia

Jaime Alguersuari se ve a sí mismo empuñando el volante. Ruge el motor sobre el asfalto en uno de sus recuerdos más nítidos. Casi una premonición. Tiene ocho años y su padre está allí. Frente a él. Lo mira subido al kart, orgulloso. Suya es la frase que el hijo repite a menudo: “Hasta la victoria siempre”. La pronuncia una y otra vez como para recordarse a sí mismo por qué está aquí. Por qué tiene 20 años y ha quemado su adolescencia pilotando a todo trapo. Hundiendo el acelerador hasta el fondo, dándole gas y subiendo poco a poco de categoría. Asumiendo responsabilidades. Más gas, más victorias, más potencia. Tomando decisiones en milésimas de segundo. Curvas y tangentes y diagonales. Dejándose ver por los circuitos de Europa desde que era un niño y peleando cada minuto. Dice que estudiaba en los aeropuertos. En los circuitos. En los andenes del tren. Donde tocara. Iba a clase de lunes a miércoles. Tenía entrenos todas las tardes. El jueves, viaje a cualquier destino para darlo todo en competición. Y vuelta a un lunes agotador. A los 18 se subió por primera vez a un monoplaza de fórmula 1. A los 19 se convirtió en el piloto más joven en competir en esta categoría, arrebatándole el registro a Fernando Alonso. Cuentan quienes le conocen que es un tipo que ha madurado muy rápido. Casi de golpe. Gajes del oficio. O creces o estás fuera. O vas un paso por delante o estás fuera. Cara a cara, Alguersuari desprende un aire asertivo y tajante. Un tipo duro de ojos claros. Mira fijamente a la pupila de su interlocutor y dice: “A mí lo que me gusta es conducir. Llevar el coche al límite. ¿He renunciado a una parte de mi vida, a mis amigos, a la adolescencia? Sí y no. Tampoco lo echo de menos. Estoy contento y en paz conmigo mismo”. >>

Parejas particulares

Juntos se añaden y complementan. Suman mucho más que uno más uno. Hermanos, colegas, matrimonios… unidos por el trabajo, el azar o la familia. Del cine a la literatura, 11 relaciones singulares bajo el prisma de un fotógrafo único (perfiles) >>

Mamá Noruega

A través del cristal, entre las sombras de una luz tenue y hogareña, se intuye una figura revolviendo en busca de algo —pum, pum, pum— de la cocina a la sala de estar, golpeando con las plantas desnudas el suelo. Son las 7.34 de un martes de junio en Jessheim, extrarradio de Oslo, cuando Anniken Huitfeldt, mujer, madre y ministra de 40 años, se asoma al porche y dice: “Ando apurada. Salimos en 10 minutos”, mientras se calza unas deportivas, vuela hasta el garaje arrastrando los cordones, encuentra los papeles que busca en el coche familiar y regresa de un salto, sin que transcurran 30 segundos. La prisa, elemento común de la mañana occidental. Y de sus madres. Eficiencia y velocidad. Niños y trabajo. Todo en uno. >>